Dubai Telegraph - Dólar y Petróleo Ruso: Trampa

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Dólar y Petróleo Ruso: Trampa




El gobierno de Estados Unidos ha intensificado en 2025 su estrategia para presionar la industria energética rusa, utilizando el dólar como un arma geopolítica. Las sanciones financieras y comerciales han sido la punta de lanza de esta política, que busca reducir los ingresos que Moscú obtiene de la venta de crudo para financiar su guerra en Ucrania. Washington y sus aliados del G7 han impuesto un tope de 60 dólares por barril a las exportaciones de petróleo ruso y prohibido que compañías de transporte, aseguradoras y entidades financieras occidentales participen en operaciones que superen ese límite. Además, el Departamento del Tesoro incluyó a gigantes como Rosneft, Lukoil, Gazprom Neft y Surgutneftegaz en listas negras que dificultan su acceso a dólares y a servicios internacionales, sancionando asimismo a más de 180 buques y empresas de corretaje implicados en el traslado del crudo.

Esta ofensiva no surge de la nada. En 2022, pocos meses después de la invasión de Ucrania, Washington y Bruselas congelaron unos 300.000 millones de dólares en reservas internacionales del Banco Central ruso. El mensaje era claro: ningún país, por grande que sea, está a salvo de la capacidad de Estados Unidos para aislarlo del sistema financiero global. La combinación de restricciones al petróleo y congelamiento de activos ha supuesto que al menos 450.000 millones de dólares de capital ruso estén bloqueados en Occidente. Funcionarios estadounidenses han declarado que estas medidas se mantendrán hasta que el Kremlin muestre voluntad de cesar la guerra y entablar negociaciones de paz.

La ofensiva ha tenido efectos inmediatos. Los precios del petróleo subieron tras el anuncio de nuevas sanciones y muchas refinerías occidentales dejaron de comprar crudo ruso. Lukoil, uno de los mayores productores privados, ha tenido que vender activos en Europa del Este a precios reducidos. La presión financiera también ha golpeado a la red de estaciones Teboil en Finlandia, que se ha visto al borde de quedarse sin combustible. En Bulgaria, el Parlamento aprobó una ley para expropiar la refinería de Burgas, controlada por Lukoil, y asegurar el suministro nacional. Esta ola sancionatoria ha forzado a bancos y empresas europeas a desvincularse de operaciones con petroleras rusas antes de que finalice el año.

Rusia, no obstante, no ha dejado de exportar crudo. El Kremlin ha respondido construyendo una flota de buques cisterna de segundo nivel, opacos y sin los seguros tradicionales, conocida como “flota en la sombra”. Estos barcos, registrados a menudo en paraísos fiscales y con propietarios difíciles de rastrear, realizan transferencias de barco a barco en alta mar y usan puertos intermedios para ocultar el origen de los cargamentos. Según estimaciones independientes, entre 1.200 y 1.600 buques —cerca de una quinta parte de la flota mundial de petroleros— participan en este comercio oscuro. Esta ingeniería logística evita en muchos casos el límite de precio del G7 pero implica mayores costos de transporte y comisiones para intermediarios, lo que reduce el margen de beneficio del petróleo ruso.

La estrategia también ha obligado a Moscú a ofrecer descuentos adicionales para mantener la fidelidad de sus clientes asiáticos. China, India y Turquía concentran la mayor parte de las compras de crudo ruso. La estrecha relación energética entre Moscú y Pekín es especialmente notable: alrededor del 95 % del comercio bilateral se liquida en rublos y yuanes. Al mismo tiempo, para sortear la vigilancia de los bancos occidentales, algunos intermediarios han pedido a las refinerías indias que paguen sus compras en la moneda china en lugar de dólares o dirhams. El gigante Indian Oil ha efectuado pagos en yuanes por algunos cargamentos este año, mientras que otros compradores indios y turcos buscan fórmulas similares. Incluso Arabia Saudí ha vendido parte de su petróleo a China en yuanes, una señal de que la diversificación monetaria en el comercio energético ya no es una rareza.

La política de sanciones estadounidense también ha repercutido en el tipo de cambio. Las elevadas tasas de interés y los controles de capital han fortalecido al rublo desde finales de 2024, pero esa fortaleza tiene un coste: cuando los ingresos petroleros se convierten a la moneda rusa, el presupuesto del Estado recibe menos rublos por cada dólar o yuan. Según especialistas, Rusia prefiere un rublo débil para maximizar sus ingresos fiscales, por lo que las autoridades han intervenido en el mercado para atenuar su apreciación.

El uso intensivo del dólar como herramienta de castigo ha despertado temores sobre su propio futuro como moneda hegemónica. La congelación de reservas y las restricciones a las transacciones en dólares transmiten a muchos países la impresión de que los ahorros acumulados en esa divisa no están seguros si entran en conflicto con la política exterior de Washington. Como consecuencia, bancos centrales de todo el mundo han reducido la proporción de dólares en sus reservas a niveles inferiores al 47 % y han aumentado sus tenencias de oro y de yuanes. Encuestas recientes indican que más del 80 % de los gestores de reservas consideran el riesgo de “armamentización” del dólar como un motivo para diversificar hacia otras monedas.

En este contexto, el bloque BRICS —Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, con la incorporación de varios nuevos miembros— ha debatido intensamente la necesidad de una moneda común o al menos un sistema de pagos alternativo que evite el dólar. Sin embargo, en su cumbre de Río de Janeiro de 2025 no llegaron a concretar una divisa única. El grupo se limitó a promover el uso de monedas locales en el comercio mutuo. El propio presidente Vladímir Putin declaró en 2024 que el objetivo no era abandonar por completo el dólar ni crear una moneda común, sino ampliar las opciones para reducir la dependencia. La Unión Europea también explora sistemas de pago propios, y otros países sancionados recurren al trueque, al oro o a las criptomonedas para eludir la vigilancia de Estados Unidos.

Los analistas coinciden en que el mercado mundial carece actualmente de una alternativa viable al dólar. Aun con la multiplicación de acuerdos en yuanes, euros o rupias, más del 60 % de las reservas internacionales sigue siendo en dólares y la mayoría de las transacciones de materias primas se pagan en esa moneda. La infraestructura financiera estadounidense —desde el sistema de cámaras de compensación de la Reserva Federal hasta la red SWIFT— facilita transacciones seguras y transparentes que otras divisas no pueden igualar por ahora. Por eso, el mayor riesgo para la primacía del dólar no reside en un reemplazo inmediato, sino en un deterioro gradual de la confianza. Cuanto más se utilice el sistema financiero como arma, más incentivo tendrán otros gobiernos para construir estructuras paralelas.

Esta dinámica encierra una trampa paradójica para Washington. Las sanciones sobre el petróleo ruso han debilitado temporalmente la capacidad de Moscú para financiar la guerra y han enviado un mensaje claro sobre las consecuencias de violar normas internacionales. Pero el éxito de estas medidas descansa precisamente en la confianza global en el dólar y en la voluntad de otros países de respetar las reglas fijadas por Estados Unidos. Un uso excesivo puede erosionar esa confianza y fomentar la desdolarización del comercio internacional, algo que beneficiaría a los competidores estratégicos de Estados Unidos. El dilema para los responsables de la política exterior norteamericana consiste en calibrar la presión contra Rusia sin precipitar el declive del sistema que les confiere poder.



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Ultimátum de Trump y crédito

La inesperada advertencia del presidente estadounidense Donald Trump a Irán —darle 48 horas para reabrir completamente el estrecho de Hormuz o enfrentarse a la destrucción de sus plantas de energía— ha dejado al mundo en vilo. El estrecho de Hormuz es un paso marítimo estrecho entre Irán y Omán por donde circula en torno al 20 % del petróleo y gas natural licuado que consume el planeta. Durante la actual guerra entre Washington y Teherán, esta vía se ha cerrado prácticamente, con más del 90 % del crudo y derivados retenidos en la región del Golfo. La amenaza de Trump de “aniquilar” las centrales eléctricas iraníes si no se restablece el tráfico en 48 horas llevó la tensión a un nivel sin precedentes.En la Casa Blanca, la explicación oficial es que Washington pretende restaurar la libertad de navegación y contener una escalada que ya ha provocado cientos de víctimas en varios países de Oriente Próximo. Sin embargo, observadores internacionales señalan que un ataque a infraestructuras energéticas civiles podría constituir un crimen de guerra y que la retórica belicista no deja espacio para la diplomacia. Aliados regionales, como el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, respaldan la dureza de Trump mientras evitan confirmar si se unirán a la eventual operación.El estrecho de Hormuz: arteria vital bajo amenazaEl estrecho de Hormuz ha sido históricamente un punto de estrangulamiento. Nunca antes había sido bloqueado por completo, y su cierre actual amenaza con provocar la mayor conmoción energética desde la década de 1970. Buques cisterna que habitualmente transportan un quinto del petróleo mundial hacia el Océano Índico están atrapados, lo que reduce la oferta global y empuja el precio del barril. Expertos en energía señalan que el peligro no reside únicamente en el encarecimiento del crudo, sino en su efecto sobre la inflación y las tasas de interés.La amenaza de destruir centrales eléctricas iraníes si Teherán no obedece refleja la estrategia de “paz mediante la fuerza” que promueve Trump. La reacción de Teherán ha sido desafiante: la Guardia Revolucionaria iraní ha atacado objetivos en Oriente Medio e incluso en la base conjunta de Diego García en el Océano Índico, demostrando su alcance de misiles. Para Irán, bloquear el estrecho es una carta de negociación; cuanto más dure el shock energético, mayor será la presión global para un acuerdo.El pánico que se propagó al crédito privadoLa crisis geopolítica no solo repercute en los mercados de petróleo. Uno de los sectores más afectados es el del crédito privado, también llamado “banca en la sombra”. Este mercado de 2 billones de dólares se basa en fondos que prestan directamente a empresas fuera de los circuitos bancarios tradicionales y que, en teoría, ofrecen rendimientos estables con cierta liquidez. En realidad, se trata de activos ilíquidos con vencimientos de tres a siete años, y una ola de rescates masivos puede obligar a vender préstamos a precios de saldo o a bloquear las salidas.A principios de marzo, gigantes como BlackRock y Blackstone anunciaron que sus fondos estrella, HLEND y BCRED, activarían “gates” o restricciones a los reembolsos, después de recibir solicitudes por valor de 1 200 millones y 3 700 millones de dólares, respectivamente. Morgan Stanley limitó los rescates en su North Haven Private Income Fund tras peticiones que equivalían a casi el 11 % de las participaciones. Estas medidas dejan a muchos inversores sin poder recuperar sus fondos, pese a haber creído que tenían liquidez diaria.La situación estaba incubándose desde hace meses, pero el conflicto en Oriente Próximo fue el catalizador que desató el pánico. La subida del crudo por encima de 90 dólares y los temores a un repunte de la inflación asustaron a inversores que ya veían señales de desaceleración económica. Datos de la Reserva Federal de Atlanta mostraron en marzo una fuerte revisión a la baja del crecimiento esperado, y el Departamento de Trabajo notificó una contracción de 92 000 empleos en febrero. Ante estos titulares y la perspectiva de una recesión, los inversores minoristas corrieron a vender sus participaciones en fondos de crédito privado.El resultado ha sido un derrumbe de los bonos emitidos por fondos semilíquidos, que han caído a mínimos de un año. Hedge funds como Fourier Asset Management señalan que los mercados de bonos ya estaban advirtiendo de este riesgo: el diferencial de los bonos de cinco grandes fondos se ensanchó antes del aumento de los rescates y alcanzó niveles no vistos desde 2025. El mercado de crédito privado se enfrenta así a su mayor prueba de liquidez desde su nacimiento.Las grandes entidades financieras también están reaccionando. JPMorgan ha marcado a la baja el valor de ciertos préstamos a fondos de crédito privado y ha endurecido sus condiciones de financiación. BlackRock informó que su fondo HLEND recibió solicitudes de retirada por un valor equivalente al 9,3 % de su activo neto y que solo podría devolver 620 millones de dólares, el máximo permitido del 5 % por trimestre. 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La combinación de una desaceleración económica y una caída de valoraciones —denominada por algunos analistas como el “doble disparo de Davis”— impacta directamente en la capacidad de los fondos para cumplir con sus obligaciones.La crisis también expone fallos regulatorios. Las autoridades permitieron que estos productos proliferaran sin exigir a los distribuidores que explicaran claramente sus riesgos. Ahora, con el pánico desatado, los gestores instan a los inversores a mantener la calma. Algunos bancos privados recomiendan mirar más allá de los titulares, diversificar las carteras y mantener un horizonte de inversión de seis meses o más, recordando que las guerras en el Golfo no suelen ser eternas.Voces de la calle: miedo, apoyo y escepticismoMás allá de los datos financieros, la conversación pública revela una sociedad polarizada. En las redes sociales y en los comentarios sobre el vídeo de análisis que popularizó el ultimátum de Trump, abundan tres tipos de reacciones. Por un lado, simpatizantes del exmandatario celebran su dureza y sostienen que solo una postura implacable hará retroceder a Teherán. En muchos mensajes se repite la idea de que abrir el estrecho es imprescindible para evitar una crisis petrolera y que cualquier precio es aceptable con tal de salvaguardar los intereses energéticos de Occidente.En el extremo opuesto están quienes denuncian que la retórica belicista de Trump conduce a una guerra total con consecuencias incalculables. Estos usuarios recuerdan que el estrecho de Hormuz nunca se cerró completamente antes y piden redoblar los esfuerzos diplomáticos. Algunos mencionan las penurias de la población civil iraní y libanesa y alertan de que un ataque a infraestructura civil podría suponer un crimen de guerra.Un tercer grupo de comentaristas se centra en las consecuencias económicas. Señalan que el bloqueo del estrecho ya ha disparado el precio del petróleo y la inflación, y que la tensión ha revelado debilidades profundas en el sistema financiero. Critican a las gestoras de crédito privado por no haber advertido a los inversores sobre la iliquidez de sus productos y culpan tanto a los reguladores como a la industria por fomentar una burbuja que ahora empieza a explotar. Estos mensajes reflejan una preocupación creciente por el impacto que un prolongado conflicto en Oriente Próximo podría tener sobre la estabilidad financiera y la economía de a pie.Mirando hacia adelanteLa crisis abierta por el ultimátum de Trump a Irán tiene varias dimensiones. En el plano geopolítico, la apertura o cierre del estrecho de Hormuz será decisiva para el suministro energético global. Los gobiernos de Estados Unidos e Israel parecen decididos a forzar a Teherán a renunciar al bloqueo, mientras que muchos países —incluidas potencias europeas y asiáticas— reclaman una solución negociada.En el plano financiero, la sacudida al mercado de crédito privado podría tener efectos duraderos. Los gestores hablan de un nuevo comienzo en el que se replantee la “democratización” del private equity y se refuercen las normas de transparencia y protección al inversor. Para los mercados, el desafío es evitar que el pánico se propague a otros segmentos de la economía mientras la guerra sube de tono.La historia demuestra que las crisis militares y energéticas suelen ser temporales, pero también recuerda que pueden servir de detonante para problemas latentes. El ultimátum de Trump a Irán no solo puso a prueba la resistencia de un país bajo sanciones; también expuso la fragilidad de un entramado financiero que había prometido liquidez donde no la había. 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